La incomodidad frente a la producción serial de objetos cerrados que circulan en circuitos especializados de elites económicas  y que normalmente cumplen una función decorativa (a la que creo está dirigida en su mayoría la enseñanza del arte en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Colombia), estuvo desde los primeros semestres. Aún así, mis intervenciones de rechazo frente a este modelo comenzaron a causar consecuencias desde del paro estudiantil del 2008 en contra de la Reforma al Estatuto Estudiantil que regía a la universidad, dónde se vislumbraban cambios ambiguos que podían utilizarse a conveniencia para futuras transformaciones en el contexto colombiano, como lo es hoy el TLC (Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos).

La enseñanza del arte que responde a un modelo económico que, hasta ciudadanos de países “del primer mundo”, [1] rechazan: ¿Que podría aportar a países como el nuestro dónde las limitaciones políticas y económicas para el desarrollo de las personas, la ciudadanía, las familias y las colectividades son evidentes? Primero, mi inconformidad se mostró  por medio de quejas públicas que reclamaban posición frente al tipo de producción que se estaba generando en la Escuela y la promoción desde la estructura académica a los estudiantes que imitaban modelos europeos y neoyorquinos sin ningún tipo de traducción a este contexto. Las relaciones de este tipo de producción con el circuito académico y comercial se fueron expandiendo y escasamente yo alcanzaba a sospechar su complejidad.
Las quejas en voz alta se convirtieron en una acción recurrente dentro de los espacios de “participación” donde se fue develando la dimensión política de estos “pequeños” actos. Y me permitieron hacer una pregunta acerca de la relación arte-vida tan promovida por los profesores de Taller entre sus estudiantes. Esta promoción es una de las ficciones y  arbitrariedades que se cometen frente a los discursos dentro del campo del arte. Los estudiantes, como yo, deslumbrados y seducidos por el arte político latinoamericano de las dictaduras del Cono sur, se les permite utilizar los discursos sin siquiera un reclamo por la actualización de ellos, sin la advertencia de su absorción por el sistema comercial que mercantiliza aceleradamente los discursos de resistencia y contraculturales; y sin aclarar que hoy el arte político es otro estilo más.

El vaciamiento de sentido que sufren las obras y prácticas artísticas se encuentra inscrito en dinámicas económicas pero también en formas de producción que todxs [2] los trabajadores de la cultura reproducimos.

 

 

 

[1] En este texto las comillas hacen referencia a la expresión entre comillas como algo que está en duda o relativo,  algo que no se puede asumir como verdad.
[2] Me acojo a lo que dice Una Lina Pardo en el texto Sujetx como In/Dividux:
“Así que opte por usar en el texto la letra X, en lugar de definir el género del ser, como una tacha que interfiere en la lectura del texto, además de simbolizar también una variable. No quiero tener la potestad de denominar a esx mujer como ellx, ni asumir que la gente en su totalidad se sienta recogida por un TODXS Y TODXS.”