Había una vez una adolescente cándida y oronda que creía que había encontrado la verdad, [3] un día decidió caminar por otro barrio, se cayó y  encontró otro relato.

Con la intención de buscar otros lugares  fuera de la Escuela de Artes Plásticas o del mismo circuito del arte,  participé en distintos espacios que tienen diferentes intenciones para incidir socialmente. Los discursos que se promulgan en esos espacios, tienen en común la defensa y promoción de las relaciones horizontales, que provienen claramente de los pensamientos contemporáneos sobre la construcción de colectividades en relación a las transformaciones sociales que podemos realizar desde nuestras condiciones biopolíticas y  nuestra vida cotidiana.

Esta idea de agrupaciones horizontales puede constituirse en la utopía contemporánea para la emancipación. Pienso que es necesario creer en lo imposible: en la imposibilidad constante que se evidencia en cada decisión y acto que hacemos y que, al final, define lo que somos. Pero la conciencia de esa imposibilidad podría ser detonadora de rupturas y quiebres, que construyen grietas incluso dentro de las estructuras institucionales más conservadoras. Lo anterior puede sonar como la idea de esperanza judeo- cristiana pero se trata de asumir la tensión día tras día y pensar que esto construye criterios éticos para situarse en el contexto y no reglas morales generalizadas para normalizar a las personas.

Situarse implica un ejercicio de reconocimiento y señalamiento de otros y nosotros, de las dinámicas en las que estamos inmersos, de las que somos conscientes y afirmar que  no controlamos, la procedencia e intención de la mayoría de nuestras acciones. Es escalofriante intuir los límites y limitaciones de nuestras “decisiones”. Muchos de estos espacios o agrupaciones que promulgan las relaciones horizontales habitan la contradicción reproduciendo las ficciones de la “participación” de la democracia neoliberal, pero habitar la contradicción implica tensión constante, debates eternos, decisiones intransigentes, dinámicas de poder que privilegian a unos sobre otros, de competencia y hasta otras dinámicas que pensamos solo están asociadas a estructuras empresariales o hegemónicas.

Estos espacios y agrupaciones son cada vez más comunes, pero normalmente su vida es corta y modifican sus formas de insertarse en el circuito comercial o laboral durante su existencia, pero muchas constituyen un espacio público para el cuestionamiento, la incomodidad, la experimentación y posturas no escuchadas entorno a los reproches, disgustos y rechazos frente al sistema económico en el que estamos inmersos. En el circuito del arte cada vez son más las agrupaciones y colectivos que promulgan posiciones críticas y de rechazo frente al sistema económico y en específico al circuito comercial del arte: su manejo y gestión por parte de curadores, administración pública, críticos, estructura académica, coleccionistas y jurados de concursos y convocatorias. Pero esta generación de “nuevas” producciones se encuentra dentro de una tendencia mundial que promueve la creación de circuitos “alternos” comerciales con la intención de diversificar el público consumidor de la Industria Cultural. En Colombia  esta Industria no es siquiera cercana a tener importancia dentro de la economía nacional, pero el discurso sobre el que se sustenta si constituye capital importante para la inserción y circulación dentro del circuito local del arte; dentro del cual ejercen el poder los mismos fueron mencionados antes: curadores, administración pública, críticos, estructura académica, coleccionistas y jurados de concursos y convocatorias.

Dónde las relaciones públicas y sociales son decisivas para la supervivencia de cada uno ¿Qué espacio y disposición política existe para asumir relaciones horizontales?

Aún cuando estemos en mesa redonda no somos iguales porque Arturo sigue siendo el Rey.

 

 

 

[3] Cualquier semejanza con la autoflagelación católica es pura coincidencia.